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Globalización y neoliberalismo

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Permitanme queridos amigos que comience esta intervención narrándoles un episodio que, brasilero, es simbólico de la tragedia que atañe a nuestro Continente. Hace pocos días, en vísperas de las conmemoraciones de nuestro día nacional, el presidente de la República de mi país, presionado por la crisis interna agravada por el racionamiento de energía y por la devaluación del real, nuestra moneda, y por la crisis externa que se atribuye a las presentes dificultades de la Argentina, proclamó, con toda la fuerza de sus pulmones, enderezándose a un grupo de empresarios

- ¡Exportar o morir!

Sin contar lo ridículo, la proclamación del Presidente conlleva la vulnerabilidad externa a la que fueron conducidos nuestros países por la adopción irresponsable de un modelo de economía que, derivado de nuestra dependencia cultural, determinó nuestra dependencia económica.

Nuestros países, adoptado el modelo de la globalización, viven en búsqueda de divisas para financiar el déficit público, para financiar las importaciones, para financiar el servicio de la deuda y hasta para financiar las exportaciones. La política de altos intereses, que inhibe la producción nacional, busca justificarse en el esfuerzo para atraer inversiones externas. De allí, abandonado el esfuerzo de crecimiento del mercado interno del cual había dependido nuestro desarrollo hasta aquí, el llamado casi fundamentalista a las exportaciones. Porque cada vez más recibimos cada vez menos por lo que exportamos.

Nunca estará demás recordar, como lo hace Celso Furtado[1][1], que los precios reales de los productos del Tercer Mundo presentan tendencia histórica declinante. Esa caída, que viene desde hace muchos años, llegó a 20% entre 1989 y 1991.

Frente a esta brutal depreciación, nuestros gobiernos, dependientes, reflejos, conocen apenas una política, vale decir, aumentar las exportaciones, y para aumentar las exportaciones contraen financiamientos externos para financiar la producción, aumentando dos veces la dependencia. Prisionero de esta lógica perversa, el Presidente brasilero grita a todo pulmón:

- ¡Exportar o morir!

De un lado, la presión de las grandes potencias dictando los precios internacionales de nuestros pocos productos exportables, del otro, nuestros propios gobiernos, con la excusa de perseguir alguna competitividad en el mercado internacional, vilipendian el cambio y reducen el valor de los sueldos de los trabajadores, para baratear el costo de la producción nacional, contribuyendo de este modo a la concentración de renta y la exclusión social, causa y efecto de una tragedia que al separar continentes y países separa nuestros pueblos en nuestros países.

La caída de los precios y la tomada de financiamiento externo forman la base de la deuda externa, agravada por la política general de importaciones. De un lado, del nuestro, la abolición general de toda suerte de barreras, sin el deber de crear mecanismos internos previos de protección al producto nacional y a nuestra mano de obra; del otro lado, el proteccionismo de las grandes naciones, las barreras sanitarias y otras, como las no tarifarias, en particular las injustas y arbitrarias legislaciones proteccionistas encubiertas bajo el rótulo de ‘antidumping’, son accionados según la conveniencia por las administraciones de las naciones industrializadas para proteger distintos grupos de interés de sus países. El proteccionismo internacional alcanzó su nivel más alto con la creación de la OMC, en 1995, y Estados Unidos figuran como líder en la adopción de expedientes no tarifarios como forma de obstaculizar las importaciones de las economías emergentes, lo que afecta aun otros mercados, no sólo los agrícolas, como es el caso del sector siderúrgico[2][2].

La dualidad de la lógica imperial hace con que los países dominantes puedan recurrir al proteccionismo y a los subsidios que les prohíben a los países del Sur. Según el FMI, los países de la Organización de Cooperación Económica para el Desarrollo (OCDE), desembolsan anualmente 365 billones de dólares para proteger sus agricultores.

El impudor europeo y norteamericano al proteger y subsidiar su agricultura y su industria sólo encuentra paralelo en nuestra servidumbre al promover la reducción unilateral de las tarifas de importación.

En nombre de la competitividad internacional adoptamos modelos de producción que exigen tecnologías intensivas de capital y excluyentes de mano de obra. Y así, vía endeudamiento, le exportamos capital y empleo al primer mundo.

Y construimos el desempleo.

Según datos de la OIT, el desempleo abierto (o sea, el que no considera el desempleo oculto por el trabajo precario, por el lumpenaje y por la indigencia) no para de crecer en nuestro Continente, de 1990 a 2000. En estos diez años creció, en Argentina, de 7,5 a 15,4%; en Brasil, de 4,3 a 7,1%; en Chile, de 7,4 a 9,4%; en Colombia, de 10,5 a 20,4%; en Uruguay, de 9,2 a 12% y en Venezuela, de 11 a 14,6%[3][3].

En nombre de la globalización y de la modernidad neoliberal nos llaman a importar. Pero mitad de las importaciones brasileras, y no debe ser distinto en los demás países, se paga con el endeudamiento externo. Y así aumentamos nuestra dependencia.

Reducido el valor de nuestros productos de exportación, reducido el universo de nuestra pauta de exportaciones, predominantemente de commodities, entra en crisis la producción industrial. Los pocos países del Continente que consiguieron algún desarrollo industrial, enfrentan grave crisis, crisis de supervivencia, frente a la imposibilidad de concurrencia con el producto internacional. Y así, exportando menos, obtenemos menos divisas de lo que nos hacen falta. Y así nos endeudamos más.

En el Presupuesto federal brasilero para 2002, en el total de 637 billones de reales, nada menos que 336 billones, es decir, 53% son destinados al pago del servicio de la deuda.

Y así, en vez de exportadores de manufacturados y absorbedores de inversiones externas, nos transformamos, a costa de la pobreza de nuestros pueblos, en importadores de bienes y exportadores de capital, es decir, de excedentes generados internamente y drenados como intereses, ganancias, servicios, pagos, debiendo concomitantemente aumentar el esfuerzo de ahorro y reducir la inversión interna. Mientras tanto, parte considerable del ahorro disponible en todo el mundo, incluso en los países periféricos y pobres, se transfiere para el financiamiento del enorme desequilibrio de la cuenta corriente del balance de pagos de Estados Unidos, cuya deuda externa superaba, en 1997, un trillón de dólares, desequilibrio estructural que es la causa del drenaje hacia su economía de más de la mitad del ahorro internacional.

Así se explica, la observación es aun de Furtado[4][4], el esfuerzo de aquél país en crear zonas de libre cambio, como el NAFTA, englobando los mercados norteamericano, mexicano y canadiense. Mediante estos acuerdos, las industrias norteamericanas recuperan la competitividad internacional, pues los sueldos monetarios en México no pasan de una décima parte de los sueldos que reciben los operarios norteamericanos. La victoriosa experiencia de integración con México, es decir, de superexplotación de su mano de obra, es el paradigma del proyecto más amplio de abarcar todo el hemisferio. Estas son las razones del ALCA.

En el caso brasilero, y en el caso de la gran mayoría de nuestros países, las políticas de estabilización de precios y de cambio, adoptadas uniformemente, como regla fundamentalista, dictadas por el alcorán del FMI, están apoyadas en creciente endeudamiento externo.

Así, por razones que ninguna lógica logra demostrar, adoptamos un modelo de desarrollo que nos impone un brutal endeudamiento externo, juntamente con la caída de los valores de las exportaciones y de la capacidad de adquirir divisas. Como consecuencia, la misma lógica perversa del endeudamiento nos impone las políticas de ajuste, adoptadas en todos nuestros países, según el mismo recetario que resulta en pobreza y endeudamiento.

Si todo el esfuerzo del modelo tiende a atraer capital externo, aunque volátil, aunque causando las crisis que ya vivieron Rusia, México, Brasil y vive Argentina, la realidad muestra que ese capital, cada vez más caro, está cada vez más esquivo. Según la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, UNCTAD, 85% de las inversiones internacionales directas quedaron entre los países del G-7. Estimativas construidas antes del 11 de septiembre prevén que el flujo global de inversiones probablemente caerá cerca de 40% en 2001. Independiente de cuales sean los desdoblamientos de los atentados en los Estados Unidos, es seguro afirmar que la liquidez internacional, principalmente los flujos de capital dirigidos a nuestros países, disminuirá. Puede ser que un día nuestros gobiernos lleguen a comprender que no tendrían que haber convertido nuestras economías en tan completamente dependientes del ahorro externo.

En 1995, la deuda externa brasilera sumaba 159 millones de dólares. Pasados cinco años, alcanzaba 236 millones y representaba 15% del PIB.



[1][1] In O Capitalismo global. Paz e Terra, São Paulo, 1998, p.41.

[2][2] Cf. Gazeta Mercantil. “O nefasto protecionismo dos ricos”. São Paulo, 18.07.01, p.A-2.

[3][3] Estos datos, como también los relativos a armamentos, están em Almanaque Abril – Edição Mundo 2001. Editora Abril, São Paulo, 2001, pp. 23 y 50.

[4][4] Idem. p.3.

 

Si no se detiene este proceso de endeudamiento nuestros países desaparecerán, pues todo su capital fijo estará alienado. Si no conseguimos detener el proceso de concentración de renta y de exclusión social, el Continente será sometido a un ciclo de tensión que puede destruir la gobernabilidad. Pero la política de concentración de renta es fundamental para el modelo, pues genera el excedente necesario para pagar la deuda y la ganancia de las inversiones externas.

El Presidente proclama:

- ¡Exportar o morir!

Nuestros países, que abandonaron las políticas de desarrollo del mercado interno y el financiamiento de su desarrollo básicamente con el ahorro interno, en el camino inverso de lo que hicieron China, India y algunos tigres asiáticos, enfrentan, es una vez más el caso brasilero, tasas de crecimiento que apenas acompañan el crecimiento poblacional. Para 2002 la previsión brasilera, oficial, es de un crecimiento de sólo 2,2% del PIB. Algunos analistas estiman, sin embargo, que el crecimiento del PIB quedará en 1% en 2001 y que en 2002 será algo alrededor de cero[1][5].

Una economía de mercado no fundamentalista tendría que aplicar, para sobrevivir, un mínimo de reglas autoprotectoras. No se necesitaría recurrir a ninguna especie de keynesianismo para adoptar un mínimo o un máximo de directrices públicas para proteger a los pobres, países y pueblos. ¿Pero qué es lo que vemos en la sociedad de mercado globalizado? Los países más pobres desprotegidos en sus relaciones comerciales, económicas y políticas con los países ricos.

El libre cambismo o neo-darwinismo, por no decir libre canibalismo, en las relaciones internacionales asegura la “libre concurrencia” entre las economías de los países pobres y subdesarrollados y las economías de los países ricos, abundantes en capital y tecnología, es decir, la concurrencia entre desiguales, favorable a los dominantes. Así, en vez del intercambio educacional o de proyectos de diseminación tecnológica, o de directrices ecológicas y ambientales e incentivos médicos, lo que conocemos es la imposición, a nuestros países, de leyes de patentes que virtualmente impiden o dificultan  nuestro desarrollo científico, principalmente en el área biológica. Tanto la reciente discusión sobre la producción de remedios de los países periféricos – oponiendo los intereses pecuniarios de los laboratorios comerciales, protegidos por la diplomacia de los países donde tienen sede, a los intereses de la humanidad – como la oposición de las grandes potencias al Protocolo de Kyoto, muestran bien el cuadro de la visión que tiene el primer mundo consumista del resto de la humanidad.

La actual arquitectura económica, financiera y política del mundo, impuesta a todo el planeta por menos de media docena de naciones, incluyendo sus instituciones más sacralizadas, como el FMI y el Banco Mundial, remonta a la conferencia de Bretton-Woods, de un distante 1944. Esta conferencia, la anticipación capitalista y occidental de la partición que seria comulgada en Yalta (1945), reflejaba los intereses de las grandes potencias de un mundo del pasado que insistía en sobrevivir cuando el futuro ya estaba siendo gestado. A esa altura Asia y África, en su casi totalidad, dormían bajo el colonialismo arcaico y la pobreza se justificaba como fenómeno natural – que a Dios pertenece –, como consecuencia de la inferioridad racial de los pobres, destinados, por naturaleza, al subdesarrollo, del mismo modo que, casi por un determinismo histórico derivado de su desarrollo, los ricos eran destinados a la riqueza y, a raíz de eso, al control del mundo.

En este mundo, o en el mundo de ese entonces, la democracia – en cualquiera de sus modalidades – era un valor que navegaba a millas de distancia de nuestros Continentes.

Es a esa realidad anacrónica que el actual modelo de globalización quiere remitirnos. Se trata de un proyecto fácil de alcanzar en tanto transitó de la guerra fría y de su bipolaridad hacia una geopolítica caracterizada por la unipolaridad, tal es la distancia económica, política, tecnológica, científica y militar de los Estaos Unidos frente al resto del mundo.

         Así, en plena globalización, fallecen los organismos internacionales – a empezar por la ONU – y el diálogo es remplazado por el dictat unilateral, y la diplomacia por la intervención militar. Terminada la guerra fría, emerge, fortalecida, la OTAN, que si hubiera alguna lógica, tendría que haber sucumbido en 1989, soterrada bajo los escombros del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética. El nuevo mundo quizás justifique aun la preeminencia de la vía militar. El nuevo mundo, más rico, se constituye de un número cada vez más grande de países pobres; la infame pobreza de más de la mitad de la población necesita convivir en paz con la prosperidad sin precedentes de menos de 1% de la humanidad.

         El mundo unipolarizado, no obstante, y por eso mismo, no conoció ni el progreso – como ente colectivo – ni la paz. Jamás se verificaron tantos y tan graves conflictos que atañen a etnias, naciones, países, pueblos, federaciones y consorcios de naciones y ejércitos. Se mata en nombre de Dios y de la democracia, en una escalada de terrorismo que no conoce límites. Y el terrorismo no puede ser reducido a una paranoia religiosa, pues  atraviesa la política de las grandes potencias y se arraiga en una geopolítica que ni empezó ni terminó en la guerra fría. Al lado del terrorismo paranoico de grupos aislados, está el terrorismo racional y cartesiano de políticas de Estado. En la fuente de la chocante continuación de la violencia y del desperdicio, los intereses estratégicos de las grandes potencias, presentes en todos los conflictos, directamente, actuando en ellos con sus tropas o con las de sus prepuestos, o indirectamente, forneciendo recursos y servicios de inteligencia o a través del pornográfico comercio de armas, incluso de minas antipersonales, comercio cuya proscripción está vedada por los grandes países, que también vetan el Tribunal Penal Internacional y rompen con el tratado antimisiles. La Cruz Roja Internacional estima que es de 110 millones el número de minas esparramadas por el mundo, en África (Angola, Egipto, Mozambique, Somalia, Sudán y Eritrea), en Asia (Irán, Irak, Afganistán, China, Camboya y Vietnam), en Bosnia-Herzegovina, en  Croacia y en Ucrania. Según la misma Cruz Roja, dichas minas ya mataron más de un millón de personas. Y seguirán matando civiles, terminadas las guerras y las invasiones, dado el alto costo de su desactivación.

         No sin razón los cinco más grandes exportadores mundiales de armas son los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, respondiendo por nada menos que 86% de las armas exportadas. En 1999, el comercio de armas movilizó 53,4 billones de dólares. Estados Unidos, evidentemente, es el mayor exportador, respondiendo por 49,1% de este mercado, seguidos por el Reino Unido (18,7%) y por Francia (17,6%). En este mismo año, los gastos mundiales con defensa, contabilizados, sumaron 809 billones de dólares.

         En los últimos 50 años Estados Unidos gastaran siete trillones de dólares en defensa[2][6].

         ¿Cuánto se gastó en la erradicación del hambre?

No se tiene registro.

El empobrecimiento del mundo, el crecimiento de la pobreza y de la exclusión, los conflictos, la nueva geopolítica y el vaciamiento de los organismos internacionales, ¿sirven para qué y para quién?

Para la construcción de un modelo económico que es también un modelo político y cultural, un modelo de civilización de los jeans (y de las baggy pants), de la coca-cola y del McDonald’s, del individualismo y de la tolerancia, del poderío y del mando, la civilización del cine y de la guerra; es la sociedad norteamericana con sus índices conspicuos de consumo instituido como principio y fin de toda la historia humana, es la universalización del modelo de una sociedad del cual nos transformamos en caudatarios, en sus gustos y disgustos, en sus pasiones y en sus odios, en sus valores; dependientes de su modelo cultural, de su visión de mundo, de su avance científico y tecnológico, dependientes aun de su lengua, de sus miradas, de su visión de nosotros mismos, porque  a través de su cine y de su televisión, a través de su media y de sus agencias de noticias, nosotros, los latinoamericanos, nos vemos, nos miramos, nos tocamos. Se multiplican los medios, pero el contenido es homogeneizado, la programación es estandarizada y nuestros corazones y mentes son construidos por la unilateralidad ideológica que refleja a  la concentración del capital – económico, político, militar, cultural, científico y tecnológico –, fundamento subjetivo y objetivo de una dominación simbólica – universal, global, planetaria y casi sideral – sin precedente que se ejerce por todos lo medios, sobre todo por los medios culturales, a través del dominio del noticiero y de la media de una forma general, ella misma un instrumento de las grandes agencias internacionales, instrumento de los intereses objetivos que dan sustentación ideológica a la cartilla neoliberal.

Para tener acceso a cualquier información de lo que ocurre en Ecuador, en Perú, o en Argentina, los brasileros dependen de la buena voluntad de las agencias de noticias internacionales y de la CNN. A través de su ótica – de su visión de mundo y de los intereses que representa – somos informados de la crisis del Oriente, de la guerra de los Balcanes, de la Guerra del Golfo, a través de su ótica, y de los intereses estratégicos que representa, somos informados y llevados a formar opinión sobre Cuba y lo que ocurre en Venezuela.



[1][5] SAVASINI, José Augusto Arantes. ‘Como fica o jogo após a perda das duas torres’. Gazeta Mercantil, 18.09.01.

[2][6] VIDAL, Gore. “Algo de novo na Terça-Feira Negra”. FSP, 18.09.01, p.E-9.

 

La primera consecuencia de esta globalización es la concentración de la riqueza en un mundo del cual la mayoría de la humanidad está excluida, imponiéndose la inapelable división del planeta entre los que pertenecen  al futuro y los que quedarán permanentemente en el pasado, dando por sentado que en el Primer Mundo quedarán concentradas las actividades creativas, innovadoras, la producción de la ciencia, de la información y de la tecnología, en fin, del conocimiento, es decir, los instrumentos modernos de poder y de dominación.

En el 2000, el PIB de los países integrantes del G-7 sumaba 20 trillones y 400 millones de dólares; el PIB de todos los países del MERCOSUL, sumado al de Chile y México, era de un billón y medio de dólares.

Como, por definición,  el proceso se da de forma globalizada, así son sus efectos: la emigración forzada y la constitución de un ejército de reserva mundial formado por desempleados, emigrantes clandestinos etc. que coloca todo su peso sobre la mano de obra nacional, ella misma precaria, y sobre sus sueldos, vilipendiados y sin defensa, con el vaciamiento político de los sindicatos, construyendo una humanidad de parias vagando en un Estado privatizado, del cual se retiraron las funciones sociales, la defensa del empleo, la defensa de la salud, sin previdencia social, sin seguridad social, un Estado sin capacidad ni siquiera de intervención en su propia economía. El avance de la globalización de los circuitos económicos, financieros y tecnológicos determina el vaciamiento de los sistemas económicos nacionales y de los Estados, a los cuales   faltarán medios para determinar tanto su política económica, como su política tecnológica o su política de producción, pues todas se estarán decidiendo en las sedes de las multinacionales que operan en sus territorios. A un Estado así debilitado le sobrarán las áreas sociales y culturales, aquellas fuertemente limitadas por la victoria del liberalismo y de la consecuente desreglamentación. Consolidado este modelo de globalización, seremos, serán nuestras sociedades, progresivamente privadas de toda independencia económica y cultural en relación con la potencia dominante.

Y ahora, ¿Qué hacer?

Busquemos alternativas.

La globalización podría ser definida como un proceso histórico que no es ni nuevo ni exclusivamente occidental; desarrollándose desde siempre, viene progresando, siglo tras siglo, por medio de viajes, comercio, migración, difusión de influencias culturales y diseminación de conocimientos (que atañe, por ejemplo, a la ciencia y a la tecnología). Ni siquiera es puramente occidental. Si a fines del último siglo su movimiento seguía la ruta del Occidente para el resto del mundo, en el comienzo del segundo milenio era Europa la que recibía la ciencia y la tecnología de chinos y la matemática árabe e indiana[1][7]. Entre un polo y otro, en los siglos XV y XVI, las grandes navegaciones fueron un notable esfuerzo de imperio comercial, político y cultural. Más recientemente, la Revolución Francesa trató de universalizar el poder burgués y el liberalismo (y concomitantemente los derechos del ciudadano), realizando en el mundo, es decir, en el Occidente, y de la forma más inapelable, las transformaciones políticas que al final aseguraron la victoria de la burguesía, y la ideología del iluminismo, que se hizo universal, sobre aquellas fuerzas que insistían en mantener atadas la economía y la política. Al destruir el autoritarismo monárquico y derrotar la nobleza y el feudalismo, la Revolución Francesa se completaría de forma objetiva con la Primera Revolución Industrial, punto de partida para la universalización del capitalismo como régimen político y teoría de valores.

De esta globalización se puede decir que se trata de imperativo histórico que condiciona la evolución de todas las economías actuales. Derivada remotamente de los grandes descubrimientos y del comercio mundial, es la globalización de los sistemas productivos que se alimenta de la revolución tecnológica.

La globalización de que tratamos aquí, en cambio, no es fenómeno ni natural ni histórico – en el sentido de desdoblamiento inevitable –, sino la metáfora del neocolonialismo. Se trata de la globalización de los flujos financieros y monetarios y ocurre en los centros de poder que se estructuran en el mundo desarrollado (Estados Unidos, Unión Europea y Japón).

La globalización de que tratamos aquí no resulta de generación espontánea, ni es el resultado de un proceso de evolución natural, ni atiende a necesidades históricas. Es producto del trabajo prolongado y constante de una inmensa fuerza de trabajo intelectual, compuesto y organizado en verdaderas empresas de producción, difusión e intervención[2][8].

La diferencia entre una y otra son la desigualdad, la vil pobreza, de países y de pueblos, y la riqueza sin precedentes concentrada en pocos países y segmentos poblacionales de estos países.

Esta es la diferencia fundamental, aunque no es la única, porque finalmente la globalización golpea al modelo occidental de democracia representativa, vaciando las funciones tanto de los Parlamentos como de los Ejecutivos, es decir, de los poderes constituidos sobre la soberanía del voto, vaciamiento que se da ya sea por la transferencia del poder de decisión a multinacionales y organismos internacionales o, en el plano nacional, por la transferencia de poderes de gobierno a agencias reguladoras.

El subdesarrollo, que es nuestra enfermedad, no se curará simplemente con los remedios ofrecidos por las leyes del mercado, sino con la acción de un Estado nacional que pueda construir y poner en ejecución, como proyecto político, la erradicación de la pobreza. Lejos de cualquier contradicción, afirmamos que el Estado nacional es una exigencia de la globalización porque sólo un estado fuerte, legítimo y legitimado puede hacer frente a los desafíos de la mundialización y al deber de preservar el proyecto nacional. La globalización de los flujos monetarios y financieros exige riguroso constreñimiento, de suerte que las empresas multinacionales sean llevadas a respetar las prioridades nacionales que en el caso de nuestros países se deben volcar al fortalecimiento del mercado interno y de la oferta de empleo. El avance de las tecnologías, la informática, la automación, la robótica exigen la presencia del Estado y la adopción de políticas sociales que tienden a proteger el trabajador.

El objetivo de la política, por lo tanto del Estado, es la realización de los fines sociales. Y no hay como realizarlos sin la producción y la distribución de la riqueza nacional. La apertura al mercado internacional, la vanguardia, tanto como la eficiencia económica, son medios. Para esta reforma necesitamos del Estado, de un Estado rehecho, desprivatizado, volcado a los intereses generales de la sociedad, con condiciones de intervenir en beneficio del bien común.

Este nuevo Estado tendrá que enfrentarse al problema del hambre y de la subalimentação, de la seguridad pública, de las epidemias y de las enfermedades contagiosas, tendrá que concentrar las inversiones en el factor humano para poder conciliar la globalización con la creación de empleo, dirigir las inversiones en el sentido del fortalecimiento del mercado interno, controlando a partir del interés nacional las decisiones respecto a la economía, al desarrollo científico y tecnológico.

Para superar la división desarrollo/subdesarrollo es necesario que se conjugue una voluntad política – que exige Estados democráticos y participativos – con condiciones objetivas ya ofrecidas por muchas de nuestras sociedades; exige una amplia discusión que conjugue investigadores y militantes apoyándose en el Estado, pero en un Estado modificado, apoyándose en los sindicatos, pero en sindicatos modificados; una fuerza de contestación que se apoya en la movilización del capital cultural, lo que implica la democratización de nuestras instituciones, profundamente autoritarias.

Recientemente, por las razones sabidas y que no se necesitan recordar, por el dolor que su reiteración nos provoca, el Presidente de Estados Unidos declaró el inicio de la primera guerra del tercer milenio. Se olvidó que estamos en guerra continua en todo el mundo, en el Medio Oriente, quizás la más grave entre ellas, en Irak, en Afganistán, en la antigua Yugoslavia, en los Balcanes, en Chechenia, en Irlanda, en España y en África. En este continente, todas las formas de guerra, la guerra clásica, la guerra de guerrilla y la guerra del hambre y de las epidemias que mata casi tanto como las minas dejadas por las tropas occidentales. En la América Latina, en Colombia, se trata de internacionalizar una guerra fraticida.

Hay un dicho en español segun el cual no se debe crear un cuervo, porque cuando crece se come los ojos del dueño.

Es evidente que no se puede analizar la tragedia del martes 11 de septiembre como un hecho autónomo, y sería muy bueno para la humanidad, y para el Occidente, que los responsables por la reacción militar reevaluaran el actual orden internacional, que no logra sustentarse porque al destruir mitad del mundo está cavando la fosa de su propio ataúd.

El mundo está solidario contra la barbarie del terrorismo, enemigo de la humanidad, tanto como contra el hambre, ni más ni menos.  

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[1][7] SEM, Amartyra. “A pressa e a retórica do confronto”. In FSP, Suplemento Mais, São Paulo, 09.09.01, p.8.

[2][8] BOURDIEU, Pierre. Contrafogos 2, Jorge Zahar Editores, Rio de Janeiro, 2001, p.8.